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Filosofía, 1ª Evaluación. 1º de Bachillerato. Institut Miquel Tarradell, 2017-2018

En una operación de trasplante de corazón se quiere ser el receptor y no el donante, pero en una operación de trasplante de cerebro querríamos ser el donante y no el receptor: vamos con nuestro cerebro y no con nuestro cuerpo. En principio (como ya han argumentado muchos filósofos), yo podría incluso intercambiar con otro mi actual cerebro reemplazando el medio y preservando sólo el mensaje. Por ejemplo, podría viajar teletransportado siempre que la información se preservara perfectamente. En principio, sí… pero sólo porque transmitiríamos la información correspondiente a todo el cuerpo y no sólo la pertinente al sistema nervioso. No se me puede separar con un corte nítido como los filósofos han supuesto con frecuencia. Mi cuerpo tiene tanto de , de mis valores, talentos recuerdos y actitudes que me hacen ser como soy, como mi sistema nervioso.

El legado del famoso dualismo cartesiano entre mente y cuerpo va más allá de lo académico y llega a nuestras ideas cotidianas: «Estos atletas están preparados tanto física como anímicamente» y «No tienes nada orgánico… es cosa de tu cabeza». Incluso entre aquellos de nosotros que hemos combatido la noción de Descartes, ha habido una poderosa tendencia a tratar la mente (es decir, el cerebro) como una patrona del cuerpo, como piloto del barco. Al alinearnos con esta manera estándar de pensar, pasamos por alto una alternativa importante: la de ver el cerebro (y con él, la mente) como un órgano entre muchos, un usurpador del control relativamente recién llegado y cuyas funciones no pueden comprenderse adecuadamente hasta que no lo veamos como el patrón sino solamente como uno de los sirvientes, un tanto díscolo, que trabajan en el fomento de los intereses del cuerpo que lo alberga, lo alimenta y da significado a sus acciones.

Una vez que abandonamos la nítida identificación de la mente con el cerebro y dejamos que se extienda a otras partes del cuerpo, es más difícil pensar funcionalísticamente, pero las compensaciones son enormes. El hecho de que nuestros sistemas de control, a diferencia de los de los barcos y demás artefactos, sean tan poco aislados permite a nuestros propios cuerpos (como entes diferentes de los sistemas nerviosos a los que albergan) contener buena parte de la sabiduría que «nosotros» explotamos en el curso de la toma cotidiana de decisiones.

La evolución materializa información en todas las partes de todos los organismos. Las crías de una ballena materializan información de la comida que ingiere y del medio líquido en el que encuentra su comida. El ala de un pájaro materializa sobre el medio en el cual funciona. La piel de un camaleón, de manera más llamativa, lleva información de su entorno en cada momento. Las vísceras y los sistemas hormonales de un animal albergan una enorme cantidad de información del mundo en que han vivido sus antepasados. Esa información no tiene por qué copiarse en absoluto en el cerebro. No hay por qué «representarla» en «estructuras de datos» en el sistema nervioso. Sin embargo, puede explorarla el sistema nervioso que está diseñado para explotar la información materializada en los miembros y en los ojos, o beneficiarse de ella. De manera que hay una sabiduría encarnada en el resto del cuerpo, sobre todo en relación con las preferencias. Al utilizar los antiguos sistemas corporales como una especie de resonancia, o de audiencia atenta o crítica, el sistema nervioso central puede verse guiado hacia comportamientos sabios, unas veces a codazos, otras veces a empujones. Efectivamente, se deja que el cuerpo vote. Para ser justos con Descartes, deberíamos darnos cuenta de que hasta él vio (por lo menos vagamente) la importancia de esta unión entre cuerpo y mente:

            Por medio de estas sensaciones de dolor, de hambre, de sed, y así sucesivamente, la naturaleza también enseña que estoy presente en mi cuerpo no como el marino está presente en su barco sino que estoy íntimamente unido a él y, por así decir, entremezclado con él, tanto que resultó ser una sola cosa con él (Meditación Sexta).

Cuando todo va bien, reina la armonía y las diferentes fuentes de sabiduría del cuerpo colaboran para beneficio del conjunto, pero estamos más que familiarizados con los conflictos que pueden provocar una exclamación como «¡Parece que mi cuerpo piensa por sí solo!». En apariencia, a veces es tentador reunir parte de esa información corporal formando una mente aparte. ¿Por qué? Porque está organizada de tal manera que a veces puede realizar, en cierto modo, discriminaciones por su cuenta, consultar preferencias, tomar decisiones y poner en marcha comportamientos que entran en competencia con nuestra mente. En esos momentos se hace muy poderosa la imagen cartesiana del ser marionetista que intenta desesperadamente controlar un cuerpo marioneta ingobernable. Nuestro cuerpo puede revelar enérgicamente los secretos que nosotros estamos deseando ocultar desesperadamente… sonrojándose, temblando o sudando, por mencionar tan sólo los casos más evidentes. Puede «decidir» que pese a nuestros planes bien trazados, este momento podría ser un buen momento para la relación sexual y no la discusión intelectual, dando a continuación los pasos necesarios para preparar un golpe de estado. En otro momento, y para mayor frustración y contrariedad nuestra, puede hacer oídos sordos a nuestros esfuerzos por alistarlo en una campaña sexual, obligándonos a subir el volumen, a girar los botones y a intentar toda suerte de ridículos engatusamientos para convencerle.

Pero, ¿si nuestros cuerpos tenían ya mentes propias, por qué tuvieron que adquirir mentes adicionales… nuestras mentes? ¿Es que no basta una mente por cuerpo? No siempre. Como ya hemos visto, las mentes antiguas basadas en el cuerpo han hecho un trabajo serio al mantener vida y miembros juntos a lo largo de miles de millones de años, pero son relativamente lentas y relativamente bastas en cuanto a capacidad de discriminación. Tienen una intencionalidad de corto alcance y a la que fácilmente se engaña. Para las relaciones más complejas con el mundo se hace necesaria una mente más veloz y de más amplias miras, una mente que sea capaz de asegurar un mayor y mejor futuro.

 

Daniel C. Dennett, Tipos de mentes. Hacia una comprensión de la conciencia.

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1. Resumen (1,5 puntos); 2. Esquema (1,5 puntos); 3. Disertación filosófica (6 puntos).

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Guía para hacer una buena disertación filosófica:

Título

  1. Ponle un título al texto, como si de un artículo de opinión se tratase.

Introducción

  1. En los primeros párrafos, plantea el problema principal del texto con tus propias palabras. Puedes contar una anécdota que tenga directamente que ver con el tema en cuestión (recurso de apertura).
  2. Antes de empezar a contar lo que dice el autor, expón las distintas posiciones filosóficas que existen sobre el tema.

Desarrollo

  1. Una vez hecho esto, sitúa la tesis del autor entre estas posiciones y comienza a explicar qué dice el autor. De momento, basta con indicar cuál es su idea principal.
  2. Desarrolla argumentos a favor y en contra de la tesis del autor. Si puedes, pon ejemplos.
  3. Relaciónalo con cualquier otra cuestión desde la cual se pueda ofrecer un enfoque diferente del mismo tema. Trabaja sobre los apuntes de clase y cita autores o corrientes filosóficas, si es posible. Puedes relacionarlo también con cualquier fenómeno social, cultural o científico de actualidad. Puedes aludir a tu propia experiencia personal. Con estas referencias mostrarás una visión más amplia del asunto.
  4. Argumenta tu opinión a favor o en contra del autor. No te limites a decir si estás de acuerdo o no; se trata de que argumentes en contra de ideas diferentes a la tuya para defender tu posicionamiento.
  5. Extrae una conclusión e intenta terminar con alguna frase brillante o con una alusión a la anécdota del primer párrafo si la has utilizado (recurso de cierre).

Ten en cuenta:

  • La claridad expositiva y la corrección sintáctica.
  • El uso de un lenguaje culto y apropiado.
  • La originalidad de tus planteamientos.
  • La conveniencia de usar frases interrogativas.
  • La inexistencia de verdades absolutas en filosofía.
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