Zombies filosóficos

FRANCISCO LAPUERTA

En filosofía de la mente, los zombies no son muertos vivientes como los de las películas. Un zombi filosófico es una máquina imaginaria cuya apariencia exterior y comportamiento no pueden distinguirse de los de una persona. Quizá haya visto usted la mítica película Blade Runner, de Ridley Scott. Pues bien, los zombies filosóficos son como los replicantes de esa película. Son indistinguibles de los seres humanos y parece que tienen conciencia, emociones, personalidad, pero en realidad no son más que puras máquinas construidas con cables.

Invito a imaginar primero cómo reaccionaríamos frente a uno de estos zombies. E invito también a pensar un poco en ellos, puesto que no son un mero entretenimiento de filósofos ociosos. Hay una ingente literatura filosófica publicada sobre el problema del zombi y no es para menos, puesto que si estos seres imaginarios fueran concebibles sin contradicción, constituirían una prueba en contra de una postura ampliamente extendida en filosofía de la mente: el fisicalismo.

Vayamos por partes. Primero imagine usted que tiene la posibilidad de hablar con una de estas máquinas. Frente a usted hay un robot androide de perfecta factura. Es un robot, pero no lo parece de ninguna manera. Su apariencia humana es impecable. Ha superado ampliamente el test de Turing. Si a usted se le ocurriera decirle que es una máquina y por tanto no tiene conciencia, él (o ella, si es de sexo femenino), se enfadaría. “¿Cómo puedes decir eso?”, imploraría, “¿no ves que hablo y pienso como tú, no ves que me emociono y lloro, que siento como cualquier persona y se me eriza la piel? Me desespera que digan de mí que soy un mero amasijo de cables. ¡No es verdad! Si me pinchas en el brazo, me duele. ¡Soy un ser humano y tengo derechos!”.

Para no desviar la atención del problema, digamos que usted puede corroborar en cualquier momento (quizá porque tiene un aparato portátil de raxos x) que efectivamente, el interior físico de esa “persona” es pura maquinaria hecha de microchips y nanotubos de grafeno. No existe la menor duda sobre el hecho de que físicamente es una máquina construida. La duda está en la cuestión de si tiene conciencia o no la tiene.

Aunque el zombi sea capaz de mostrar perfectamente a través de sus actos y palabras que tiene conciencia, usted sabe que ha sido diseñado para simular tal conducta. Al verlo, no puede dejar de pensar que sus diseñadores y constructores han hecho un magnífico trabajo. Su apariencia es verdaderamente asombrosa: parece tan humano que no puede distinguirse de un ser humano de carne y hueso. Pero, aunque lo parezca, dentro de él, no hay nadie.

Pues bien, si esto es cierto, el materialismo (también llamado fisicalismo) es falso. Le recuerdo que el fisicalismo es la postura que reduce la mente a operaciones físico-químicas de las neuronas.

Veamos por qué. Si el zombi es verosímil, es decir, si es lógicamente concebible un robot androide cuya conducta y apariencia sean absolutamente indistinguibles de las del ser humano, entonces, en el caso de que no le atribuyamos conciencia (en caso de que pensemos que dentro de él no hay nadie), estaremos suponiendo que, para que exista la conciencia, además de materia tiene que haber involucrado algo no físico que la haga posible, quizá algún tipo de sustancia inmaterial, espiritual, misteriosa o mágica, que aporte tal cualidad. Dicho de otra manera: si usted, tras enfocar hacia su interlocutor el aparato de rayos x portátil, es de los que consideran que el individuo que tiene delante es un puro objeto artificial sin conciencia, un autómata simulador de la vida humana, estará poniendo en evidencia que cree en alguna forma de dualismo, pues la mera maquinaria no le basta.

Y ahora le digo yo: ¿qué somos nosotros, más que robots biológicos ensamblados con billones de células, células que son también, cada una de ellas en sí misma, pequeñas pero complejísimas máquinas biológicas? Somos, como cualquier organismo vivo, una biomáquina natural no diseñada en un laboratorio, sino producida a ciegas a lo largo de un proceso de evolución por selección natural. Pero ¿acaso es importante saber quién ha hecho la máquina para decidir si tiene conciencia o no?

¿Por qué estamos tan seguros, siendo nuestra mente nada más que un efecto de la materia neural, de que somos seres dotados de conciencia? Evidentemente, porque tenemos un acceso interno a nuestra propia mente, un acceso privilegiado y exclusivo que lo corrobora. No obstante, nadie más que uno mismo puede comprobarlo, razón por la cual no es precisamente una comprobación objetiva y fiable. Pero ¿hacen falta más comprobaciones? ¿Por qué las personas que me rodean no dudan en ningún momento de que tengo conciencia? La respuesta es sencilla: porque me muestro como ellos. Porque mi exterior revela, a través de mis actos, palabras y expresiones, que tengo conciencia humana.

Ahí está la clave del asunto. Me muestro como todo ser humano: expreso emociones, razono, converso.. y me indignaría si alguien me considerara un zombi. Lo que me hace humano no es el material interno del que estoy hecho, sino la manera en que me muestro externamente, la manera en que actúo frente a los demás, la conducta que revelo. No soy una máquina sin conciencia porque no me comporto como tal.

Exactamente lo mismo le pasa al androide de nuestro experimento mental. En realidad, no es un zombi, es un ser humano. Un ser humano, eso sí, hecho de una materia que no es carne, hueso, tejido neuronal ni nada de lo que tenemos nosotros bajo la piel; está ensamblado con microchips y nanotubos de grafeno. Pero hemos quedado en que el tipo de materia que a uno lo constituye no importa. Lo relevante es lo que uno hace. Y el supuesto zombi, así lo hemos definido, hace lo mismo que las personas. Por tanto no es un zombi, es una persona.

Aunque es sumamente intuitiva, la idea de una máquina indistinguible del ser humano pero sin conciencia podría ser un error de concepto. Los zombies filosóficos no serían concebibles: los replicantes de Blade Runner estarían mal planteados y el fisicalismo en filosofía de la mente quedaría a salvo.

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