Mentes reproducibles

FRANCISCO LAPUERTA

Imagine que está usted en el futuro. No hace falta que sea un futuro muy lejano. Pongámonos en el año 2075. Usted se encuentra observando una preciosa mariposa de color amarillo. Tiene un fino dibujo anaranjado en la parte posterior de sus alas, un par de ocelos con una pequeña lágrima. En el momento en que la mira, sucede lo que ya sabemos: las células receptoras de su retina convierten la luz reflejada por las alas del insecto en impulsos eléctricos que llegan al lóbulo occipital de su cerebro y desencadenan unos movimientos neuronales gracias a los cuales usted se representa visualmente la mariposa. Esto es ver: la visión se produce en la corteza cerebral, no en los ojos; así ocurría en el pasado y así ocurre en el presente. Pero ahora estamos en el futuro, en el año 2075, y usted tiene un casco en la cabeza. Se trata de un casco de refinada tecnología que escanea con una precisión absoluta todos los movimientos de sus neuronas y transfiere un volumen asombroso de información a un programa de imagen. Esa información contiene todos los intercambios químico-eléctricos de las sinapsis de su cerebro en el instante en que mira la mariposa. El programa codifica esa información y la traduce a píxeles que aparecen en una pantalla, donde… Y aquí, la pregunta: ¿aparecerá la imagen de la mariposa? ¿Podrá incluso apreciarse el dibujo anaranjado de la parte posterior de las alas con su ocelo y su lágrima, tal y como usted lo está viendo?

Si cree que en el futuro podrá verse esa mariposa en la pantalla, usted ostenta una posición conocida en filosofía de la mente como materialismo reduccionista, a veces llamada sencillamente fisicalismo. Está suponiendo que la actividad mental, no sólo la visual sino cualquiera, un deseo, un pensamiento, una emoción, no es más que un fenómeno físico (neuronal) que podría teóricamente ser explicado estudiando sus mecanismos químico-eléctricos.

Dentro del fisicalismo existen dos variantes. Una de ellas, más suave, afirma que incluso con la tecnología más avanzada sólo llegaríamos a conocer el tipo de contenido mental. Con un escáner cerebral podremos en el futuro saber si alguien está pensando, soñando, emocionándose sintiendo ira o miedo, recordando un perfume o mirando un objeto móvil. Pero no sabremos qué está pensando, qué está soñando, hacia quién está sintiendo ira, de qué tiene miedo, ni cuál es el perfume o si lo que mira es un lepidóptero.

Frente a este fisicalismo de tipos se sitúa la variante más fuerte, el fisicalismo de casos, que defiende la existencia de una correlación exacta entre un suceso físico particular y el suceso mental correspondiente: el circuito neuronal x es idéntico al contenido mental x (esta opción recibe por ello el nombre de “teoría de la identidad”). Cada contenido mental concreto podrá ser descrito como un suceso físico único. Si con la tecnología apropiada la información contenida en dicha descripción fuera codificable y traducible, podríamos saber con la máxima concreción posible qué mira, qué piensa, qué recuerda o sueña una persona. Podrían usarse, llegado el momento, dispositivos tecnológicos que revelaran lo que pasa en el interior de la cabeza de las personas. Perderíamos así toda privacidad, lo que generaría la necesidad de equipos de protección y encriptamiento de datos. No nos atreveríamos a salir de casa sin nuestro escudo protector en forma de chip implantado detrás de la oreja.

Para plantear el problema de la reproducibilidad de la mente he puesto el ejemplo de la mariposa porque no se me ocurre cómo podría visualizarse en una pantalla un deseo, un recuerdo, un sabor, un olor o la sensación de frío. Pero es de suponer que si en coherencia con el fisicalismo de casos aceptamos que en el ejemplo de la mariposa llegaremos a ver la imagen en la pantalla, entonces estaremos aceptando, en general, que los contenidos mentales pueden codificarse en un lenguaje máquina y reproducirse. Y esto no es una tontería; al contrario, nos adentramos en un terreno que produce escalofríos: para empezar, cambiará de raíz la idea que tenemos del ser humano. Pues con la tecnología adecuada para la copia y la reproducción, los contenidos mentales de cualquier persona podrán ser transferidos a un cerebro artificial y activarse en él exactamente del mismo modo como funciona el cerebro biológico. Si tal cosa fuera posible, los seres humanos lograríamos la inmortalidad. ¿Se imaginan? Qué estupendo, ¿no? Pues no; no está claro que sea lo más deseable. Pero esto merece otra reflexión.

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