La mente como software: el test de Turing

FRANCISCO LAPUERTA

¿Es usted su mente? ¿Podría imaginarse siendo usted mismo desprovisto de mente? Si tuviera un cuerpo diferente pero la misma mente, ¿sería usted el mismo? ¿Es usted un cuerpo que alberga una mente? ¿O es una mente que se halla dentro de un cuerpo? ¡Está bien, ya no lo mareo más! Pero no deje de pensar en ello, pues probablemente el sentido común le dice que es un compuesto indisoluble de cuerpo y mente, lo que no deja de ser una solución de compromiso.

Cuerpo y mente son dos realidades diferentes, estableció Descartes. Desde la perspectiva neurocientífica actual, la separación no se ve tan tajante: el cuerpo es materia y la mente es algo psíquico que surge de la materia. Hoy se admite la idea general de que la materia puede pensar. Contra lo que opinaba Descartes, ningún científico en su sano juicio defiende que puede existir lo mental sin un sustrato físico del que emane. Hay quien niega la existencia de lo mental, pero nadie niega la realidad física.

¿En qué sentido puede decirse que la mente es producto de las neuronas? En varios sentidos, algunos de ellos diferentes e incompatibles entre sí.

Los materialistas eliminativos (como Paul y Patricia Churchland) piensan que lo mental, que es inobservable y sólo puede ser experimentado por una persona, no puede ser objeto de investigación científica; así pues, hay que estudiar el cerebro, que es lo único real. Las creencias, deseos, intenciones, emociones o recuerdos de una persona son una especie de ilusión privada en la que no podemos entrar.

Hay otros materialistas menos radicales, como Daniel Dennett, que se encuadran dentro del funcionalismo. Aceptando que la mente procede de la materia, son funcionalistas quienes piensan que la actividad químico-eléctrica de las neuronas es independiente de la mente en cierto sentido: la mente es una función que, en teoría, podría ser producida por un sustrato material diferente a las neuronas. A la hora de explicar el funcionalismo, la metáfora computacional es recurrente: la actividad psíquica es una suerte de programa informático que podría analizarse sin necesidad de introducirse en las entrañas del ordenador que hace posible su funcionamiento. La mente es, según esta metáfora, el software, mientras que el cableado cerebral es el hardware. Así concebida, la mente es una estructura superpuesta que podría estudiarse sin recurrir al sustrato biológico que la hace posible. Es una visión que parece acercarse temerariamente al dualismo, pero Descartes se revolvería en su tumba si alguien osara insinuarlo.

Los funcionalistas creen que una máquina compleja podría tener vida mental propia. Al fin y al cabo, tener una mente no es más que ejercer cierto tipo de capacidades o habilidades como imaginar un paisaje nevado, sumar números enteros o apreciar el sabor del chocolate. ¿Estoy bromeando? ¿De verdad podría llegar a hacer esto una máquina?

Si la máquina nos muestra que lo hace, sí. Nunca podremos ponernos en la piel (o los cables) de la máquina para saber si imagina esto o siente aquello, como tampoco podemos ocupar la mente de una persona para saber qué es lo que en su interior subjetivo experimenta. Lo único que es posible hacer es conectarla, interactuar con ella, ponerla a prueba, ver lo que hace y sacar conclusiones. Es lo que pretende el Test de Turing. 

Si un ordenador interviniera en un chat simulando ser una persona, en el caso de que tras responder todas las preguntas imaginables convenciera sin la menor duda a sus interlocutores de que quien se expresa por escrito en la pantalla es una persona, tendríamos que conceder que es una máquina con una vida mental análoga a la de un ser humano. Puedo suponer qué tipo de preguntas le haría usted si tuviera que ejercer como juez en esta prueba: preguntaría sobre los recuerdos más emotivos de la infancia de ese sujeto (máquina o persona) con el que está chateando, sobre aquellas situaciones que al rememorarlas le pondrían la piel de gallina; plantearía, en definitiva, cuestiones perturbadoras o sonrojantes con el fin de pillarle la trampa, de desenmascarar el disimulo. Ninguna máquina ha superado hasta hoy el test de Turing, pero cuando lo haga, porque llegará el día en que lo consiga, se habrá alcanzado una singularidad. La vida mental no será ya un atributo exclusivo del ser humano. Los funcionalistas habrán demostrado que tenían razón: podremos atribuir vida consciente a las máquinas.

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