Mover el cuerpo con la mente

FRANCISCO LAPUERTA

La mente es un mecanismo extraño, pues no parece movida por causas naturales, La prueba es que yo mismo, dando una orden sencilla, puedo poner en marcha un movimiento físico en mi propio cuerpo. Por ejemplo, mover un brazo. Una cosa tan sencilla… y al mismo tiempo tan enigmática.

Pues… ¿cuál sería en este caso la causa del movimiento del brazo? ¿El libre albedrío de la voluntad? ¿Querría eso decir que no existe una causa física necesaria que determina que un impulso nervioso viaje desde la corteza cerebral hasta el tejido muscular pasando por la médula? Por supuesto, tal impulso existe; pero ¿qué lo ha desencadenado? Supongamos que la respuesta es: lo ha desencadenado un circuito neuronal, es decir, intercambios químico-eléctricos entre miles de millones de neuronas. Pero esto no soluciona el problema, pues podemos seguir preguntando qué ha activado ese complejísimo circuito neuronal. ¿No ha sido, al fin y al cabo, una orden mental? ¿Y cómo algo mental puede mover algo físico?

Si aceptamos que la mente (o al menos los contenidos mentales que parecen ser producto de la voluntad) no está sometida a la causalidad natural, tenemos que enfrentarnos al problema de cómo algo que funciona al margen de la causalidad física puede generar un encadenamiento causal físico. ¡Un problema tan irresoluble tiene toda la pinta de estar mal planteado! Hay que verlo, por tanto, de otra manera: aceptando, por el contrario, que la mente, que no es más que la expresión de circuitería neuronal, está tan sometida a la causalidad física como la caída de una piedra. Pero en este caso deberíamos intentar resolver el problema del libre albedrío: si son producto de causas físicas, ¿cómo podemos decir que los contenidos mentales dependen de la libre voluntad? ¿No sería tan estúpido como decir que la piedra que está cayendo lo hace de manera voluntaria?

El problema de la causalidad mental lo planteó Descartes en el siglo XVII, pero no fue capaz de solucionarlo. Más de tres siglos después, algo tan aparentemente sencillo sigue siendo una cuestión no resuelta. El otro problema, el del libre albedrío, lo plantearon ya los filósofos estoicos en la época clásica. Tampoco ha sido resuelto satisfactoriamente… a no ser que creamos lo que nos dice Daniel Dennett al respecto.

Dennett es compatibilista: cree que son compatibles el determinismo causal y la libertad. El falso dilema entre determinismo y libertad viene precedido, según él, de algunos malentendidos sobre qué significa el determinismo de las acciones humanas.

Voy a intentar explicar de manera sencilla uno de estos malentendidos. Si a un estricto determinista le propusieran volver a través de una máquina del tiempo a un momento anterior de su vida, justo el momento en el que tomó una decisión equivocada, el determinista admitiría que volvería a cometer el mismo error; aunque quisiera, no podría evitar cometerlo de nuevo, pues si el punto inicial de la cadena causal es el mismo, el efecto también habría de ser el mismo. Determinismo es igual a inevitabilidad.

Dennett lo plantea de otro modo. En este viaje en el tiempo, si suponemos que el retroceso al punto inicial de la toma de una decisión equivocada es un retroceso consciente, el estado inicial ya no es absolutamente idéntico. El sujeto de este experimento sabría que ha vuelto hacia atrás en el tiempo, por lo que en el interior de su cerebro el microestado inicial habría cambiado. La causalidad interna que desencadena los movimientos de sus neuronas a la hora de tomar por segunda vez la decisión no sería la misma, por lo que podría reaccionar de un modo distinto. Lo que hizo, podría haberlo evitado.

Sin necesidad de viajar en el tiempo, así actuamos constantemente: rectificamos la trayectoria de nuestras acciones porque tenemos la capacidad de ejercer un control sobre nuestros procesos causales internos. También algunas máquinas inteligentes lo hacen: se autorreparan corrigiendo los algoritmos de sus programas cuando detectan un error. Como estas máquinas, los seres humanos funcionamos de un modo determinista; pero podemos cambiar nuestras propias tendencias en un grado de profundidad y versatilidad que actualmente ninguna máquina puede alcanzar. Determinismo no implica inevitabilidad. Podemos evitar cometer errores; precisamente por eso nos consideramos responsables de nuestros actos.

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