Una hipótesis sobre el origen de la conciencia

FRANCISCO LAPUERTA

Una de las cuestiones filosóficas que con más polémica e intensidad se vienen discutiendo en los últimos tiempos es: ¿qué es la conciencia (consciousness)? Antes que nada, un apunte terminológico: aunque en filosofía el término consciousness se traduce normalmente como conciencia, en realidad nos referimos a la consciencia, es decir, al hecho de tener experiencias subjetivas conscientes, siendo estas experiencias las que nos permiten tener un sentido del yo.

Para tener conciencia es necesario ser un sujeto agente con un punto de vista sobre el mundo, sabiendo, además, lo que uno hace y siente. Las piedras no son sujetos, ni las nubes ni los planetas. Por su cualidad de organismos vivos, se puede conceder que son sujetos las bacterias, los hongos, las plantas y los animales, pero ¿son conscientes? Hay quien dice que no se puede saber ni se sabrá jamás. Sin embargo, por lo que conocemos hasta hoy, la conciencia emana de un determinado tipo de tejido celular: el que está formado por esas células interconectadas que llamamos neuronas. Desde luego, bacterias, hongos y plantas carecen de este tipo de células. En cualquier caso, nos preguntamos: ¿no podría haber otro tipo de conciencia? En principio sí, pues al fin y al cabo la conciencia no la definimos por su materia, sino por su función. Quizá exista conciencia en organismos extraterrestres de planetas muy lejanos con los que no hemos podido contactar (y tal vez no lo hagamos nunca), pero en la Tierra no hay signos evidentes de formas de conciencia procedentes de tejidos no neuronales. Podemos conceder que un árbol, por ejemplo un cerezo, puede obtener la información de la humedad y la temperatura de su entorno y florecer antes o después según esta información. Sin embargo, por muy bien que realice esta tarea, el cerezo no tiene la menor idea de lo que está haciendo, ni sabe que es un ser vivo, cosa que podemos inferir razonablemente del hecho de que no muestra ningún signo de conducta consciente: no expresa emoción alguna cuando cortamos una de sus ramas, no se comunica ni se pone en nuestro lugar para avisarnos de algún peligro, llegado el momento.

El caso de los animales es más ambiguo. Una cebra, por ejemplo, puede recoger información visual y olfativa que la haga reaccionar alejándose de un depredador, pero da la impresión de que a la cebra, como a la mayoría de los animales, le falta un sistema de control mental sobre sí misma que le permita darse cuenta de lo que está haciendo. Los animales, por mucho que concedamos que cada uno tiene a su modo cierto grado de experiencia subjetiva, no parecen  conscientes de ser individuos. Para ello se requiere tener una maquinaria cerebral capaz de tener acceso a sus propios estados mentales internos. Algunos etólogos aseguran que chimpancés, gorilas y orangutanes, así como otros mamíferos no primates como delfines, elefantes y perros, poseen cierto grado de conciencia (dicho sea entre paréntesis, la famosa prueba del espejo de Gordon Gallup no es más que un indicio poco fiable de reconocimiento de uno mismo).

La conciencia no es definible en términos de todo o nada, lo que resulta fácil de entender si nos fijamos en los variados niveles de conciencia que presentan los propios seres humanos, pues obviamente no son igualmente conscientes un niño de dos años, una persona mayor con Alzheimer y un adulto mentalmente sano.

Cabe suponer que el grado de conciencia de los animales depende de la complejidad de su sistema neurosensorial, y podemos afirmar que el sistema neurosensorial humano es superior en complejidad, al menos en lo que se refiere a las conexiones sinápticas corticales. Aunque no comparables con el humano, existen en el mundo animal otros cerebros relativamente complejos, lo que nos obliga a cuestionar hasta qué punto es consciente un chimpancé, un gorila o un delfín. Difícil de responder.

El origen de la conciencia parece ligado al del lenguaje. El lenguaje primitivo de nuestros antepasados homínidos debió servir primero para comunicar indicaciones básicas a otros miembros del grupo. Posteriormente, no sabemos cuándo, pasó a servir a otro propósito: comunicarse con uno mismo. Imagine usted una tribu de Homo erectus todavía no conscientes, en el seno de la cual un individuo lanza una especie de gruñido a otro. Ese gruñido significa, por ejemplo: “aún no”. Ambos compañeros de tribu están escondidos entre la hierba crecida de la sabana y acechan con sus lanzas de madera a una gacela. El que ha emitido el gruñido piensa que todavía es pronto para lanzar el ataque, pues es preferible esperar a que la presa se aproxime un poco más. Ese gruñido es ya lenguaje con significado, pues su interlocutor entiende perfectamente el mensaje: hay que esperar. Pero como el sujeto que ha proferido ese sonido siente también la tentación de saltar al ataque, lo emite para sí mismo en voz baja: “aún no, aún no, aún no”; de este modo, en un acto comunicativo intrapersonal, logra frenar sus impulsos. Es una manera curiosa de usar el lenguaje: no para lo que éste sirve habitualmente, sino para otro propósito más extraño, que no es otro que dirigirse a uno mismo ejerciendo una suerte de autocontrol. Con el tiempo, estos homínidos descubrirían que para hablar consigo mismos no es necesario emitir sonido alguno, ya que es posible hacerlo internamente con una buena comprensión del contenido informativo. Quizá primero se hablaban en voz muy baja para no revelar a los demás sus pensamientos, sus intenciones o su voluntad. Poco a poco desarrollaron la capacidad de dirigirse a sí mismos sin voz, con el lenguaje mental de la conciencia. Así pues, esta capacidad de “ver” dentro de nuestras propias mentes no sería, en origen, más que una manera de emitir y escuchar lo que nos decimos con palabras pero sin voz. Si los animales inteligentes desarrollan habilidades comunicativas de este tipo, podrían en el futuro evolucionar hacia la conciencia de un modo similar a como lo ha hecho el hombre.

Es ésta una hipótesis inverificable de la que Daniel Dennett ha dado cuenta en más de una ocasión. Puede parecer algo imaginativa, pero respalda la relación entre lenguaje y conciencia sin dejar de encajar en el modelo darwinista. Al fin y al cabo, algo tan infrecuente en el mundo animal como el fenómeno de la conciencia resulta difícil de explicar desde un punto de vista naturalista. ¿Podría ofrecerse una explicación mejor?

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