Diseño sin diseñador

FRANCISCO LAPUERTA

Una de las cosas que hacen diferente a Daniel Dennett de cualquier otro pensador evolucionista es su insistencia en que la naturaleza está llena de diseño. Por lo general, los biólogos se limitan a decir que en la naturaleza hay apariencia de diseño, expresión con la que pretenden alejarse de la idea de Diseño Inteligente. Hay también (Richard Dawkins, destacadamente) quien prefiere usar el término diseñoide (“con forma de diseño”) para referirse a los rasgos adaptativos de los organismos. La forma de los pétalos de una orquídea, por ejemplo, tan eficaces para atraer a los insectos polinizadores, es un prodigio diseñoide. Frente a ellos, Dennett parece no temer los malentendidos que puede suscitar el término “diseño” y lo defiende frente a cualquier tipo de eufemismo afirmando que la naturaleza orgánica es, precisamente, el ámbito donde se muestran los diseños más inteligentes (mucho más inteligentes, por cierto, que los productos humanos). ¿Está queriendo decir que la naturaleza es sabia, racional, o que tiene deseos, creencias e intenciones de algún tipo? Aclarar este extremo es el propósito del presente artículo.

Retomemos primero la idea de ingeniería inversa. Podemos saber cómo funciona cualquier artefacto desmontando sus piezas y pensando para qué han sido concebidas. Al hacer ingeniería inversa logramos intuir la cantidad de esfuerzo e inteligencia que se ha invertido en la confección del aparato que tenemos entre manos. El encaje entre las piezas, su función, las relaciones causales y la cantidad de conocimiento que hay sobre las propiedades físicas en cada uno de los detalles que conforman el objeto, revelan el largo proceso de I+D (investigación y desarrollo) por el que se ha debido de pasar hasta llegar a la fabricación del producto.

Cuando el biólogo investiga sobre algún organismo o rasgo del organismo, como por ejemplo la ecolocalización de los murciélagos, hace exactamente lo mismo. Al analizar los ultrasonidos que los murciélagos emiten con su laringe y lanzan por la boca para captar con sus oídos el rebote y formarse una imagen mental de la presa, descubren cómo funciona el prodigioso mecanismo sensorial de estos mamíferos. El biólogo sabe que es el resultado de un proceso de transmisión genética a lo largo de miles de generaciones de las variaciones que la naturaleza ha seleccionado desechando las menos aptas para la supervivencia y la reproducción, pero la explicación del mecanismo no ha logrado hacerla estudiando los genes codificadores de la ecolocalización, sino haciendo ingeniería inversa: es decir, preguntándose qué función cumplen los ultrasonidos, los pabellones auriculares, etcétera. La selección natural es interpretada, en cierto sentido, como la investigación y desarrollo que hacen los seres humanos: se producen variantes y se someten a prueba para ver si funcionan; si no funcionan, son desechadas y sustituidas por otras. Ahora bien, la naturaleza hace esta selección lentamente, a lo largo de eones, de una manera completamente ciega y automática. Los individuos portadores de variantes genéticas (fruto de mutaciones) más aptos para la supervivencia y la reproducción son los que transmiten sus genes de generación en generación, mientras que los poco o nada adaptativos mueren sin reproducirse (en muchos casos, ni siquiera llegan a nacer). La evolución es un proceso espontáneo de prueba y selección cuyo resultado es el que vemos en el mundo orgánico: una exquisita funcionalidad, rica, compleja, eficaz… y aparentemente inteligente.

Igual que interpretamos las partes funcionales de un artefacto producido por el ser humano haciendo ingeniería inversa, todo el mundo vivo es interpretable en términos intencionales (en términos de función y propósito), pues la evolución por selección natural es, aunque ciego, un proceso de búsqueda y tanteo de razones para organizar (para diseñar) las cosas de un modo u otro de cara a la replicación genética. Son, por descontado, razones descubiertas por los investigadores humanos, no generadas en la mente de algún supuesto diseñador de la naturaleza. La palabra diseño no debería connotar necesariamente la intervención consciente de un artífice con inteligencia; aplicándola a las formas de lo viviente, no es un término metafórico, como lo sería cuando hablamos del diseño de las nubes o de una aurora boreal, sino un concepto que nos ayuda a describir rasgos u órganos funcionales (las nubes y las auroras boreales carecen de formas funcionales) o adaptativos. Es por ello plenamente correcto decir que la evolución diseña. O que determinado rasgo funciona por buenas razones.

Dennett cuenta en su último libro, Intuition pumps and other tools of thinking, que un día, hablando en un bar con unos estudiantes sobre los intrincados mecanismos del interior de las células, uno de ellos hizo esta reflexión: “Cuando ves todos esos pequeños y fantásticos robots haciendo su trabajo, ¿cómo es posible creer en la evolución?”; otro de ellos asintió con la cabeza. Dennett comenta sorprendido: “Aquellos escépticos de la evolución no eran unos palurdos, ¡eran estudiantes de medicina de Harvard!” (pág. 221). El problema, piensa Dennett, es que los biólogos evolucionistas les han repetido demasiadas veces a sus estudiantes que en la naturaleza no existe verdadero diseño, sino solamente apariencia de diseño. De tanto insistir en que el diseño es sólo aparente, se está empezando a fraguar ya un nuevo malentendido: en biología se evita hablar de diseño por miedo al fantasma del Diseño Inteligente, lo que es sin duda comprensible, pero esta reluctancia está haciendo más fuertes a los enemigos del adaptacionismo. A fuerza de insistir en la inconveniencia del término diseño, al final resultará que el poder de la selección natural es algo residual.

De hecho, en las últimas décadas han surgido numerosos autores (Stephen Jay Gould y Richard Lewontin entre los más destacados) que, sorteando el programa adaptacionista, han tratado de explicar los hechos de la evolución acudiendo a mecanismos alternativos a la selección natural, como las constricciones de desarrollo o genéticas. Por su parte, Dennett, alineado en el darwinismo más bien ortodoxo de John Maynard Smith, William D. Hamilton o Richard Dawkins, defiende que prácticamente todo en la naturaleza es forma adaptada a la función de sobrevivir y reproducirse. Es decir, diseño, propósito, razón. Tal diseño, propósito o razón no surge de la mente de un programador inteligente; es, más bien, algo que interpretamos nosotros cuando tratamos de explicar el por qué y el para qué de los organismos, su comportamiento, su fenotipo, sus órganos internos.

Como dijo un crítico, hay en la teoría de Darwin una extraña inversión del razonamiento: la más Perfecta Sabiduría (el maravilloso encaje de todos los organismos en la naturaleza) es producto de la Absoluta Ignorancia (la selección natural darwiniana). Así es, hay que admitirlo. Pero no se trata de una contradicción, puesto que la naturaleza está cargada de buenas razones para hacer lo que hace. Siendo absolutamente ignorante, logra hacer las cosas con una sofisticada ingeniería que puede ser posteriormente analizada por el observador curioso. Cualquiera que piense un poco en cómo el lento e ignorante proceso de la selección natural ha llegado a fraguar una célula eucariota, una orquídea, un elefante o un ser humano, se quedará admirado. Y podrá decir, como se oye habitualmente, que la naturaleza es sabia. O, en versión de Leslie Orgel, “la evolución es más lista que tú”.

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