La relación mente-cuerpo: un problema de psicología popular

FRANCISCO LAPUERTA

Los seres humanos tenemos mente porque tenemos cerebro: no hay la menor duda de que la mente es un efecto de la actividad neuronal. Pero ¿tienen mente los animales? ¿Tienen mente los ordenadores que ganan partidas de ajedrez a campeones del mundo? ¿O es la mente algo exclusivo de los humanos? Si es así, ¿depende sólo de nuestro cerebro? Si la robótica desarrolla en el futuro un cerebro artificial más complejo que el humano, ¿tendrán mente los robots? ¿Serán seres conscientes?

Creo que es posible estar de acuerdo en que para aceptar la existencia de mente no es necesario presuponer que toda mente ha de ser consciente. El dualismo cartesiano se inició a partir del error de considerar que la mente es per se algo consciente (Descartes argumentó que los animales y las máquinas no tienen mente), pero no voy ahora a recordar la polémica desatada por Descartes, sino a plantear qué es lo mental. Que la mente se origina en la circuitería neuronal es algo, como ya he dicho, fuera de toda duda (al menos está fuera de duda para los materialistas; felizmente, creo que la inmensa mayoría de científicos y filósofos de la mente coinciden -coincidimos- en este punto). Otra cosa es admitir que la mente es esa circuitería, en el sentido de que se puede reducir a ella (quienes defienden esta postura son los materialistas reduccionistas).

Para entender el reduccionismo hay que pensar en la posibilidad de que un futuro escáner cerebral pueda copiar o reproducir los contenidos mentales (recuerdos, imágenes, lenguaje, sensaciones). Imaginemos unos microscopios del futuro aplicados a la observación de los intercambios químico-eléctricos de las neuronas en el cerebro de una persona: ¿se podrá saber a partir de tal observación en qué está pensando? Las técnicas de neuroimagen que tenemos en la actualidad están muy lejos de conseguirlo. ¿Podrán lograrlo en el futuro si la tecnología avanzara ilimitadamente? Si usted cree que sí, entonces es partidario del reduccionismo.

Dennett es materialista, pero no reduccionista. Él piensa que por mucho que avance la tecnología jamás lograremos acceder a los contenidos mentales a partir de la observación del cerebro. La mente procede del cerebro, pero no es solamente sinapsis neuronal. ¿Qué es, entonces? ¿Algo más que simplemente neurotransmisores corriendo de un lado a otro de la corteza cerebral? ¿Algo inmaterial, acaso?

En realidad, el problema es que si intentamos definir la mente como algo diferente al cerebro, nos vamos hacia posiciones no materialistas, y por ese camino seguramente nos vamos a equivocar. Lo mejor es empezar desde cero y plantear las cosas de otro modo, como hace Dennett.

El cerebro es materia. Si es verdad que la mente procede del cerebro, entonces hemos de aceptar que la materia puede pensar (que me perdone Descartes). Si la materia puede pensar, hay que suponer la posibilidad de que los animales (incluidos los más básicos) y los robots piensen también. Por supuesto, cuando las máquinas igualen a los humanos en actividades cognitivas, cuando su comportamiento sea indistinguible del humano, tendremos que aceptar sin rechistar que las máquinas piensan (en otra ocasión me ocuparé de este asunto recordando el famoso test de Turing). Diremos: esta máquina parece tener deseos, intenciones, sensaciones corporales, recuerdos… esta máquina parece tener, en definitiva, estados mentales.

La pregunta, aquí, es qué nos permite conocer la diferencia entre parecer que se tiene estados mentales y tenerlos de verdad. La respuesta es: nada. Si realmente el comportamiento de un robot es indistinguible del de un ser humano, nada nos permitirá saber si el ser robótico es una máquina ciega que ejecuta órdenes de su programa interno o si, por el contrario, es algo “vivo”, aunque sea un artefacto, esto es, un androide con mente humana. Si resolvemos que es una máquina ciega apelando al carácter artificial del robot, al hecho de que ha sido construido, entonces no estaremos más que elevando un prejuicio: el prejuicio de que los seres humanos somos en muchos sentidos inigualables.

Fijémonos en qué estamos haciendo cuando, con una seguridad inquebrantable (confiando plenamente en que no son robots), atribuimos estados mentales a los seres humanos: suponer que tienen deseos, intenciones, creencias… ¿Puede esto ser contrastado científicamente? No. Ya he mencionado antes la actual imposibilidad de leer esos estados en el tejido neuronal. ¿Cómo estamos tan seguros, entonces? Bueno…, diríamos, …es que la psicología popular funciona. Hemos de llamarla psicología popular porque el recurso es muy de andar por casa: atribuir intenciones a otro es puro pensamiento analógico, en el sentido de que suponemos que los demás tienen mentes análogas a la nuestra. Como nosotros tenemos intenciones y deseos, los otros, que se nos parecen bastante en comportamiento, también los tienen. Tan popular es este recurso, que muchos lo extienden a sus perros y sus gatos.

En realidad, no podemos estar completamente seguros de estar haciendo lo correcto, pues no podemos meternos en las mentes ajenas. La atribución de estados mentales a otros es un recurso operativo, es una herramienta del sentido común, pero no es algo que pueda ser avalado por ningún tipo de rigor científico. Si es solamente un criterio operativo que nos resulta útil para entender el comportamiento ajeno, usémoslo con amplitud (y sin miedo a equivocarnos) también para comprender el comportamiento de animales y robots. Usémoslo para entender el funcionamiento de las máquinas; será muy útil, por ejemplo, para hacer ingeniería inversa y descifrar la lógica inherente de todo artefacto diseñado,  así como para conocer mejor los mecanismos adaptativos de la naturaleza. Y hagámoslo, por descontado, sabiendo que artefactos y organismos no tienen mente real (no nos equivoquemos en esto).

Es precisamente a esta conclusión a la que ha llegado Daniel Dennett. La mente es lo que él llama un sistema intencional. Este concepto es la clave de bóveda de su filosofía. Actúan como si tuvieran mente los seres humanos, pero también los animales y los robots. Actúan como si tuvieran mente los ordenadores, las calculadoras, cualquier máquina que procese información, hasta un simple termostato. Eso no quiere decir que estas máquinas piensen, ni razonen, ni mucho menos que sean conscientes. Lo único que pretende Dennett al extender la idea de mente más allá del cerebro humano es decir que para hacer inteligible el comportamiento de las máquinas o los organismos tenemos que recurrir necesariamente al lenguaje mentalista de la psicología popular. No está diciendo que las máquinas y los organismos sean poseedores de una mente real (¿qué es una mente real?, ¡nadie lo sabe!), independiente de la nuestra. Atribuir estados mentales a las cosas o los animales para explicarnos su comportamiento es una especie de juego inocente, pero extremadamente útil. Sabemos que no tienen mente humana, pero jugando a la ficción de atribuirles mente humana, antropomorfizando sin abandonar el sentido común, podemos saber cómo los insectos polinizan las plantas con flores, cómo funciona un motor eléctrico o porqué nacen o mueren las estrellas.

En rigor, acerca de qué es la mente no podemos decir más que esto: es una herramienta útil, una construcción teórica operativa. No es algo real, en el sentido de que no tiene consistencia ontológica material. Lo material es el cerebro. Pero tampoco es una realidad al estilo de la res cogitans cartesiana, ni de las ideas platónicas. Ni es algo, como dije anteriormente, que futuros neurocientíficos puedan estudiar con un microscopio. No es un fenómeno observable. Es un modo de representación, bien conocido en nuestra experiencia interna, que proyectamos sobre otros seres y artefactos. La fenomenología interna (aquello que experimentamos en primera persona), la aplicamos al exterior convirtiéndola en heterofenomenología (pasándola a tercera persona). Un recurso al mismo tiempo débil y poderoso, pues, aunque sin ninguna certeza, nos permite interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor.

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